Cómo funciona esto

No han pasado ni cinco minutos desde que Fernández Borbalán ha señalado el final del partido y la maquinaria ya ha echado a andar. Dice Gerard Piqué, salpimentando el entorno con esa picardía que caracteriza al, dicen, futuro presidente barcelonista, que “ya sabemos cómo funciona esto“. Frase en la que “esto” se refiere a una campaña orquestada próxima a la actividad mafiosa, o eso se entiende, y “funciona” hace referencia a toda esa serie de maquinaciones insidiosas y decisiones conscientemente torticeras dictadas por alguien y ejecutadas por el estamento arbitral. Siempre, todo ello, con la pretendida intención de menoscabar al barcelonismo y, de paso y consecuencia directa, beneficiar al madridismo, que en la noche del jueves, pese a estar a 410 kilómetros de San Mamés, también jugaba, al parecer, sobre el césped bilbaíno.
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Y me cansa porque es el propio Piqué el que, instantes después de lanzar la piedra, trata de matizar sus palabras suavizándolas a la voz de “queremos jugar al fútbol, no a la ruleta“. Una ruleta, por otro lado, que en el noventa y nueve por ciento de sus jugadas da premio al negro impar.
Piqué juega su particular partido en la zona mixta. Pone en marcha la maquinaria, esa que “ya sabemos cómo funciona“, y comienza a apretar las tuercas de cara a futuros arbitrajes inmediatos. Que ya sabemos que el nivel arbitral no es el óptimo y deseable. Que ya sabemos que son más los errores, en las jugadas conflictivas, que los aciertos. Pero si encima las decisiones están supeditadas a la inaudita presión ejercida sobre los encargados de adoptarlas desde ciertos sectores mediáticos y, gravedad extrema, desde los propios protagonistas, poco bueno podemos esperar.
Se ha desnaturalizado tanto el error arbitral que cuando se adopta una decisión equivocada en contra de quien no está habituado a sufrir decisiones injustas o erróneas, surgen de golpe todas las teorías conspiranoicas. El escenario es tremendamente contaminante porque la batalla Real Madrid – FC Barcelona abarca todas las ramificaciones de nuestro fútbol, por ajenas que se presuman. Todo se lee en clave realmadridbarcelonista. Si Piqué juzga, como lo hacemos todos los que tenemos dos dedos de frente, que el arbitraje de Fernández Borbalán en Bilbao fue notablemente perjudicial para los intereses de su equipo, no lo hace pensando en que la intención del colegiado era beneficiar al Athletic, sino la de allanarle el camino al eterno rival de la capital. Que no expulsa a Aduriz, como debió hacer, no porque no lo vea, sino porque habiéndolo visto entiende que su concurso puede acabar beneficiando al Real Madrid. La Pangea que engloba la rivalidad Barcelona-Madrid no admite más ocupantes en su inmensa superficie.
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No creo, ni creeré nunca, en el fallo voluntario y premeditado. Hay que estar muy intoxicado para pensar que alguien en su sano juicio es capaz de torpedear su valía y prestigio profesional con el único fin de favorecer vaya usted a saber qué campañas de terceros. Los árbitros fallan porque su nivel no es el ideal. Porque están sometidos, en muchos casos, a una presión insoportable. Porque los futbolistas, lejos de ayudarles en sus funciones, entorpecen y dificultan sus decisiones más comprometidas con actitudes indignas y dolosas. Fallan como fallan los futbolistas. Como fallaron Alcácer, Neymar e Iraizoz el jueves. Se equivocan como se equivocó Raúl García. Se dejan llevar por la presión como se dejó llevar Aduriz en su punible lance con Umtiti. O como lo hizo Piqué preguntado sobre el arbitraje.